19 de marzo de 2015

Recargando las pilas

No, no es un aviso de que volvemos a alquilar, pero con la promesa de enseñaros los progresos y contaros los planes para la temporada en los próximos días, me permito el lujo de enseñaros otro aspecto de nuestra casa.

Muchos de vosotros me habéis dicho en más de una ocasión lo afortunados que somos de vivir en un sitio así, de disfrutar de estos paisajes, de poder pasear entre árboles .... No os lo voy a discutir en absoluto, pero no es por eso por lo que hoy me siento afortunada de vivir aquí.

Hay días que todos tenemos en que te levantas y el sol apenas cumple su función sobre la copa de los árboles y empiezas a pensar en que estás harta de los días nublados y que seguramente vas a tener otro verano que ni es verano ni nada y que los niños no podrán disfrutar de la piscina ni los tomates crecerán gordos y sabrosos.



Y entonces te sientas delante del ordenador y empiezas a intentar acabar el trabajo pendiente y la mente empieza a hacer cálculos sobre cómo vas a llegar a finales del próximo mes, las obras que no se rematan, para qué te meterías en estos berenjenales, la página de artesanía que no terminas de poner en marcha ...... Y decides que como no tienes horario fijo vas a hacer yoga porque el cerebro se está disparando a velocidades de vértigo y mejor te relajas un poco porque hace ya varios días que no lo haces lo que también te hace sentir culpable ....
 
Es en ese momento cuándo esos árboles que hace un par de horas te parecían tristes vienen al rescate, porque resulta que a parte de tristes son la casa de muchos pájaros ruidosos que no tienen ningún problema en recordarte que la vida sigue independientemente de tus banales problemas y que si quieres quedarte ahí dentro lamentándote, ellos no van a impedírtelo.

Y decides hacerles caso y cambiar el yoga por arreglar la dichosa portilla que siempre se está soltando. Curioso como un poco de trabajo manual, la textura de la madera entre las manos, el ruido del martillo mezclándose con el canto de los pájaros o los perros excavando en la hojarasca acallan la mente y simplemente relajan.

Y entonces vuelves a casa y paras delante del trocín donde vas a poner este año unas patatas y decides quitar las ofensivas ortigas que crecen como si no costase, porque efectivamente no cuesta; y de repente las ortigas ya no son tan ofensivas porque decides meterlas en agua para regar más tarde y fortalecer la huerta.




Y como el reloj se acerca a la hora de preparar la comida y todavía no has acabado la páginita de artesanía, ya sí que definitivamente vuelves a casa pero no te queda más remedio que pararte a disfrutar de la vista de la maceta de narcisos que ya he olvidado cuántos años lleva sin cambiar la tierra ni mirar para ella y ahí sigue año tras año dando flores y empeñada en seguir adelante.



O el rosal silvestre que a pesar de la mala mano de la dueña para la poda, todos los años florece durante meses y meses con unas pequeñas rosas que apenas duran dos días y tienen una fragancia inigualable.





O la forsythia que hace unos años espetaste literalmente junto a la casa y que pese a las excavaciones de los cachorros insiste en cumplir con su cita anual y regalar a las primeras abejas con esos racimos de florecillas.

Y cómo no, se te echan encima esos peludos compañeros que se niegan a posar y que salen a preguntar por qué sólo te los has llevado mientras arreglabas la portilla y luego los has dejado en el cercado. Y no consigues explicarles que todavía son unos pequeños seres incordiantes que no entienden que los pollos de los vecinos no son comida y que necesitabas tiempo para tí sola. Efectivamente no te entienden porque ellos teniendo comida, techo y una rascada de orejas, no se empeñan en crearse necesidades ficticias que sólo sirven para subirnos la tensión. Y para demostrártelo te manchan de barro y te dan un buen lametón.



Debe de haber pocas formas mejores de meditar sin alfombrillas de yoga ni olores de incienso. Que cada uno interprete el pararelo entre la marcha de la naturaleza, consciente, constante y serena y la de nuestras vidas, que por desgracia hemos olvidado que son parte de esa misma naturaleza.

Honestamente no he mirado mucho al paisaje a lo lejos pero he mirado de cerca y he visto un montón de razones por las que efectivamente, somos afortunados de vivir aquí.